La mayoría de los profesionales miden su valía por los resultados. Negocios cerrados. Proyectos entregados. Bandejas de entrada vacías. Vivimos obsesionados con las métricas y los plazos, y en algún momento empezamos a creer que todo depende de nosotros. Si no estamos presentes, todo se paraliza. Si no producimos, nada avanza.
Esa mentira no se queda en la oficina. Se infiltra en nuestra fe. Empezamos a pensar que la obra de Dios en el mundo depende de nuestro esfuerzo, nuestra competencia y nuestra disposición a cargar con la responsabilidad. El llamado empieza a sentirse como una presión. La obediencia empieza a sentirse como una carga. El servicio, ya sea en la oficina o en el templo, empieza a sentirse como una tensión.
Juan 21 cuenta una historia diferente. Después de la resurrección, los discípulos pescaron toda la noche y no pescaron nada. Al amanecer, Jesús les gritó desde la orilla y les preguntó si habían pescado algo. Dijeron que no. Les dijo que echaran la red al otro lado de la barca. Obedecieron, y la red subió tan pesada que apenas podían recogerla. Por un momento, pareció que su esfuerzo finalmente había valido la pena. Entonces llegaron a la playa. Jesús ya tenía una brasa encendida. El pescado ya se estaba cocinando. El pan ya estaba listo. El desayuno ya estaba preparado. Y entonces dijo algo que debería dejar atónito a todo trabajador engreído que lo lea. “Trae algunos de los peces que acabas de pescar”. (John 21: 10).
Entiendan esto. La comida no dependía de su pesca. Él aún necesitaba su contribución. Cristo no necesitaba sus peces para alimentarlos. Ya había provisto lo necesario. Pero agradecía lo que ellos traían. Su trabajo no creó la provisión. Los conectaba con ello. El milagro no fue que le entregaran a Jesús algo que le faltaba. El milagro fue que les permitiera participar.
Eso cambia nuestra comprensión de nuestro trabajo. Dios no necesita nuestra productividad para cumplir sus propósitos. No está limitado por nuestro desempeño. No depende de nuestra competencia para actuar. Nuestros trabajos, nuestra influencia, nuestro testimonio no son herramientas que necesite desesperadamente. Son dones que nos concede con generosidad. Una invitación a colaborar con lo que ya está haciendo en el mundo. Eso cambia el tono de nuestro trabajo. No nos presentamos porque el mundo se desmorone sin nosotros, sino porque Dios ha elegido involucrarnos. No trabajamos para demostrar nuestro valor. Trabajamos porque ya hemos sido llamados. No damos testimonio de Cristo porque Dios sea impotente sin nuestra voz. Damos testimonio porque se deleita en usar la obediencia humana para propósitos divinos.
Colosenses 3:23 dice: “Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. Se trata de un llamado al privilegio, no a la presión. Tu trabajo diario no es solo empleo, sino participación. El peligro radica en olvidarlo y convertir la colaboración divina en una carga personal. Cuando esto sucede, nos resentimos ante lo que debería recibirse con gratitud y tratamos la obediencia como una obligación en lugar de una oportunidad. Vivimos como si Dios dependiera de nosotros, en vez de recordar que Él nos ha invitado.
Cristo resucitado no les pidió a sus discípulos que prepararan la comida. Les pidió que trajeran lo que hubieran pescado y se unieran a Él junto al fuego. Que nunca confundamos la invitación con la indispensabilidad. Que nunca consideremos el llamado como una carga en lugar de una alegría. Colaborar con Cristo en el trabajo no es algo que soportamos, sino un honor que recibimos.
© 2026. CC Simpson se dedica a promover una fe cristiana audaz y triunfante en el mercado global. Antes de convertirse en presidente de CBMC International, Chris dedicó 28 años a una distinguida carrera en el sector público, como comandante del Cuerpo de Marines de los EE. UU. y sirviendo en el Servicio Secreto de EE. UU., donde fue responsable de proteger a siete presidentes estadounidenses y liderar equipos de élite en misiones internacionales complejas y de alto riesgo. Con su esposa Ana, Chris reside en Boca Ratón, Florida.
Preguntas de reflexión
- Cuando vas a trabajar cada día, ¿quién depende de ti? ¿Quién sale perdiendo si no cumples con tu parte de la responsabilidad? ¿Te genera presión para rendir y cumplir con las expectativas de los demás? Explica tu respuesta.
- Si eres seguidor de Cristo, ¿cuáles son sus expectativas para ti? ¿Sientes alguna vez que los planes de Dios se desmoronarán si no cumples con tu papel en su obra, que su llamado en tu vida es algo que debes soportar?
- El mercado actual, quizás más que nunca, necesita la presencia activa de hombres y mujeres dispuestos a servir como lo que el apóstol Pablo llamó “Los embajadores de Cristo” (2 Corintios 5:20). ¿Qué diferencia supone darnos cuenta de que el Señor no depende de nuestra productividad para cumplir sus propósitos, sino que nos invita a participar, a colaborar con Él en lo que está haciendo?
- ¿Qué crees que significa? “Trabajen de corazón, como para el Señor y no para los hombres”.¿Cómo se vería eso reflejado en la forma en que desempeñas tus responsabilidades el lunes por la mañana?
NOTA: Si tiene una Biblia y desea leer más, considere los siguientes pasajes: Mateo 9:37-38; 1 Corintios 3:9; 2 Corintios 5:16-21, 6:1-2; 1 Tesalonicenses 3:2
Reto de esta semana
Al reflexionar sobre tu trabajo o carrera actual, ¿lo consideras un llamado de Dios o simplemente un medio para ganarte la vida, pagar tus cuentas y comprar lo que necesitas y deseas? Son consideraciones válidas, pero la Biblia enseña que el Señor promete suplir nuestras necesidades. Él nos coloca donde podemos ser útiles para sus propósitos.
Dedica un tiempo esta semana a hablar de esto con un amigo, mentor o consejero de confianza. Pídeles su opinión sobre cómo puedes cumplir con mayor fidelidad el llamado que Dios tiene para ti en el ámbito laboral, en tu hogar y en tu comunidad.

